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Los programas que hemos heredado de nuestros ancestros, así como las creencias que nos han inculcado desde un inicio, conforman lo que viene a ser nuestra personalidad y nuestro carácter. Toda esta información se traduce en una forma determinada de afrontar cualquier evento o situación que se produzca en nuestras vidas. Por lo tanto, todos los pensamientos, sentimientos y emociones que se desprenden de tales experiencias son el resultado de una decisión que nunca ha sido nuestra. 

Uno de nuestros referentes en este campo de estudio, el Dr. Robert Lanza, comparte la misma visión en su gran obra Biocentrismo, cuando habla sobre la conciencia: 

La conciencia no es solo un tema de estudio para los biólogos, es un problema para la física. No hay nada en la física moderna que explique cómo un grupo de moléculas crean la conciencia dentro del cerebro. La belleza de una puesta de sol, el milagro de enamorarse, el sabor de una comida deliciosa siguen siendo un misterio para la ciencia moderna. No hay nada en ella que pueda explicar cómo surgió la conciencia a partir de la materia. Sencillamente, nuestro modelo actual no toma en consideración la conciencia, y puede decirse que, de éste fenómeno tan fundamental, tan básico de nuestra existencia, no sabemos prácticamente nada. Es interesante que nuestro modelo actual de física ni siquiera considere que esto sea un problema. No es pura coincidencia que la conciencia aparezca de nuevo en un ámbito de la física completamente distinto. Es bien sabido que la teoría cuántica, aun cuando en el nivel matemático funciona increíblemente bien, no tiene sentido lógico. […] las partículas parecen comportarse como si respondieran a un observador consciente, y los físicos cuánticos, dando por sentado que esto no puede ser cierto, bien han considerado que la teoría cuántica es inexplicable, o bien han ideado elaboradas teorías (tales como la de un número infinito de universos paralelos) para tratar de explicarla. La explicación más simple -que las partículas subatómicas interactúan de hecho con la conciencia en cierto nivel- se halla demasiado alejada del modelo actual para ser considerada con seriedad.”  

Einstein, aunque partiera de una base de física clásica, dijo algo similar en su momento: “Si no les gusta el mundo que ven, que sepan que no lo pueden cambiar; pero si cambian la forma de verlo, cambiará su universo”. 

El experimento de la doble rendija 

La ciencia moderna tiene como principio diferenciar al observador del espacio observado, utilizando referencias de espacio tiempo lo más objetivas posibles. Pero la mecánica de lo infinitamente pequeño, la mecánica cuántica, nos prueba que el observador de un experimento es siempre un participante. 

La energía posee una cualidad intrínseca de manifestación. Esta se puede expresar como ondas de información o como partículas, es decir, muestra un doble comportamiento. 

Como diría el físico John Wheeler, esto implica que vivimos en un universo participativo; nuestro papel es un punto crucial en la manifestación del mundo que vemos. Evidentemente, no basta simplemente con “observar”. Tiene que haber una intención en este acto de observación que determine el estado de las cosas. Lo que define la intención del observador es su marco de realidad, sus creencias sobre el funcionamiento del mundo en que vive. Lo que define la intención del observador es su conciencia. 

Como indica Gregg Braden en su libro La matriz divina: 

En un universo participativo, el acto de centrar nuestra conciencia […] es un acto de creación en y por sí mismo. Nosotros somos los que estamos observando y estudiando nuestro mundo.[…] Dondequiera que miremos, nuestra conciencia crea algo para que nosotros lo veamos.[…] Respecto a nuestro intento por encontrar la menor partícula de materia y definir los límites del universo, esta relación sugiere que no encontraremos ninguna de las dos. Por muy profundamente que consigamos penetrar en el mundo cuántico del átomo o por muy lejos que viajemos hacia los confines del espacio, el propio acto de mirar con la expectativa de que exista algo puede ser precisamente la fuerza que cree algo para que lo veamos. 

Toda la información que hemos heredado no son ás que programas mentales que hacen que percibamos un mundo muy distinto al de las demás personas, y éste determina un estado emocional que nos retroalimenta. Este estado emocional, a su vez, estimula nuestra percepción; nos encontramos en una especie de callejón sin salida. No llegamos a ser conscientes de que nuestra forma de percibir determina los acontecimientos percibidos, y que los acontecimientos reaccionan a nuestra percepción. 

La causa del sufrimiento de una persona siempre se encuentra en ella misma y en su percepción del mundo, no en el mundo exterior por sí solo. El mundo no tiene sentido sin la conciencia de un observador, y en función de ésta conciencia el mundo adoptará una forma u otra. 

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